En el baño V

Título: En el baño

Pairing: Sebastian/ Ciel

Calificación: No recomendado para menores de 18, por contener escenas de sexo explícito.

Este fic está colgado también en fanfiction.net , este es el enlace:

http://www.fanfiction.net/s/4835403/1/En_el_bano

 


–         Y dime, mayordomo, ¿cómo está tu cachorro humano?- La voz del Enterrador resonó cargada de ironía en la oscuridad de la noche que acababa de comenzar.

 

Sebastian, en la verja de entrada a la mansión observaba al visitante, que parecía no tener intención de apearse de su viejo carromato.

–         ¿Qué haces aquí?- fue la respuesta del sirviente.

–         Oh, voy de camino a la casa de los Mcdougal. El viejo patriarca acaba de abandonar este mundo, así que hay un cadáver fresco esperándome allí. Y tú, mayordomo, ¿no deberías estar atareado preparando la cena de tu señor, o lo que quiera que sea… en vez de estar como un perro ocioso a la puerta de la casa que guardas?

Sebastian desvió la mirada hacia un punto indefinido que parecía encontrarse detrás del enterrador y guardó silencio.

–         Parece que hoy estás aún menos hablador que de costumbre, demonio…

–         Sigue tu camino, o llegarás tarde- le cortó Sebastian.

–         Oh, que considerado por tu parte, sirviente, pero aún puedo hacerte compañía un rato más, he salido con tiempo.

Sebastian lo miró de soslayo con fastidio apenas reflejado en su rostro, y se movió unos pasos hasta dejarse caer en el banco de piedra que estaba a la izquierda de la entrada.

 

–         Estás muriendo de hambre, demonio.- dijo el Enterrador observándolo- ¿Hasta cuando vas a prolongar esta situación?

–         Hasta que mi señor consiga vengarse de…

–         Venga ya. ¿Me tomas por imbécil? ¿Quieres que piense que un demonio como tú necesita tanto tiempo para cazar a los enemigos de su amo y matarlos? ¿Seis años para destruir a una panda de estúpidos humanos? ¿ A quién quieres engañar?

Sebastian permaneció callado e inexpresivo mientras elevaba la vista al cielo cuajado de estrellas. Ni una nube cubría la bóveda celeste.

 

–         Eres una criatura tan miserable… – continuó el Enterrador.- ¿Me equivoco si digo que el contrato es lo único que te ata a la existencia? Si, ya veo, es lo único que te salva de convertirte en una alimaña como tus congéneres. Por eso le has “roto las piernas” a tu pequeño humano, para que sólo pueda andar con tu ayuda… y te necesite siempre. Que perverso.

–         Estuve mucho tiempo cazando y comiendo- Sebastian rompió de pronto su silencio- nada más. Me perdí. Estuve a punto de desaparecer. De devorarme a mí mismo.  De hundirme en la inconsciencia.

 

No sabía por qué había dicho aquello, a modo de confesión. Las palabras habían salido solas de su boca.

 

–         Después de todo es tu naturaleza, ¿no, demonio? Vagar como un perro devorándolo todo a tu paso…y acabar desapareciendo en tu propia maldad, sucumbiendo a tu propia hambre. Pero eso no es para ti, ¿verdad?

 

 

Sebastian siguió callado, dejando que el visitante siguiera desgranando sus miserias ocultas.

 

–         Eres demasiado soberbio, incluso para ser un demonio. Tú no te resignarás jamás a un final como ese.  Siempre me llamaste la atención. Desde que te vi por vez primera, hace ya tanto tiempo…

 

Tras unos instantes, el enterrador continuó con su monólogo:

–         Tan soberbio, y a la vez humillándote hasta límites que serían la vergüenza de tus congéneres. Nadie de los tuyos se hubiera rebajado jamás a mezclarse con humanos como tú lo has hecho…

 

Mientras decía esto, el sepulturero sacó de entre sus ropas un medallón que parecía ser muy antiguo, de tosca elaboración, el metal deslucido aún mostraba el nombre de su dueña grabado en él: Celia Phantomhive.

Sebastian le dedicó al objeto una mirada fugaz, y volvió a elevar los ojos al cielo, recordando la primera vez que había visto aquel medallón, reposando sobre la piel suave y pálida de su dueña.

 

Hacía siglos de aquello.

 

De aquella mujer.

Era apenas una jovencita delicada, poca cosa. Demasiado delgada , su aya insistía en que comiera platos enormes, tanto que ni un cantero de la época hubiera podido dar cuenta de ellos.

Recordaba aquella primera vez; ella había logrado escapar de la mirada vigilante de su ama, y había ido a topar con la del demonio, que la observaba fijamente encaramado a la rama de un árbol , justo en el límite del bosque que por aquel entonces era su “territorio”.

La mirada de la joven tropezó con Sebastian, aquel muchacho desnudo sobre la rama del árbol que la escrutaba con toda atención. Aquellos ojos rojos la mantenían clavada a la tierra y no la dejaban mover un músculo. Hasta que su aya la llamó desde la distancia, salvándola de aquel instante terrible.

 

Pero aquella misma noche Sebastian la siguió hasta su hogar, la morada del conde de Phantomhive, y trepó por el muro vertical de piedra con agilidad sobrenatural, como si fuera una enorme araña ingrávida, hasta llegar a la habitación que le interesaba.

 

Allí la encontró, despierta, sentada en su lecho como si estuviera esperando su visita. Unos ojos enormes llenos de pánico le dieron la bienvenida.

 

Sebastian la había seguido con el sólo propósito de devorar su alma. Otra comida más. Pero al verla sentada, temblando sobre las sábanas, el largo cabello oscuro cayendo sobre sus hombros como una cascada, reconsideró sus intenciones.

 

Unos minutos después , el demonio estaba sobre ella acariciando sus pequeños pechos, sintiendo los pezones oscuros y endurecidos contra la palma de su mano.

Y poco tiempo más tarde, el íncubo había vencido toda resistencia, arrancando gemidos de placer de la joven cada vez que entraba y salía de aquel cuerpo tan menudo, tan estrecho.

Fue una noche larga. Como todas las que le siguieron.

 

A lo largo de varios años, la delicada Celia parió con dolor a los hijos que había engendrado con el demonio.

Dos niños, y una niña.

Los tres inquietantemente clónicos. Pelo negro, ojos oscuros. La herencia genética de su madre totalmente ausente, en favor de los rasgos del padre.

Los tres fueron criaturas hermosas, y destacaron entre sus iguales, en sus glorias tanto como en sus miserias. Después de todo, en su naturaleza estaba escrito.

 

Los dos chicos murieron pronto, luchando en las guerras civiles instigadas por la nobleza.

Sólo quedó la chica para heredar el título de su madre y continuar la progenie. Y así se hizo.

Sebastian, mientras tanto, observaba los acontecimientos desapasionadamente, con el pasar de los siglos vio nacer y morir sucesivas generaciones de su estirpe sin inmutarse lo más mínimo, observando con curiosidad como su herencia genética se iba diluyendo con cada generación que pasaba… hasta llegar a Ciel Phantomhive.  La sangre que corría por las venas del chico era la misma que la suya , pero de forma tan corrompida, que había heredado los rasgos de su madre. Y su precaria salud.

 

De pronto, la voz del enterrador sacó a Sebastian de sus recuerdos:

 

–         Es hora de que me vaya.

Con gesto cansino y torpe, el shinigami regresó a al carromato y emprendió de nuevo su camino, despidiéndose con un movimiento de la cabeza. Pero antes de desaparecer, lanzó una pregunta en dirección a Sebastian:

–         Dime, ¿ serás capaz de cumplir tu parte del contrato? ¿Serás capaz de satisfacer todas las necesidades de ese pequeño monstruo retorcido que has creado?

Tras esto, el enterrador rió a su peculiar manera, antes de perderse en la distancia.

 

Sin considerar las palabras del sepulturero, el mayordomo emprendió el camino de gravilla que conducía hasta la puerta trasera de la mansión, aún sumido en sus pensamientos.

Había sido todo una feliz coincidencia. Al menos para él.

Justo cuando estaba al borde de la nada, a punto de perderse en su hambre, el chico se había cruzado en su camino. Pidiendo auxilio. A punto de ser muerto el último de la estirpe que inició con aquella humana, algo se agitó en su interior.

Él estaba naufragando, y la única huella que podría haber quedado de su paso por el mundo parecía a punto de extinguirse con la vida de aquel niño de diez años.

Así que aquella fue su salvación. No sólo la del chico, si no también la suya, en cierto modo.

El contrato.

Como había dicho el Enterrador, eso había sido el ancla que lo había estado salvando de las garras de la animalidad inherente a un demonio. Lo había ayudado tanto, lo había forzado a mantener viva su consciencia…

Pero jamás… jamás iba a permitir que su joven amo llegara a esa conclusión.

 

 

o&o

Sebastian abrió la puerta del estudio para encontrar al joven conde sentado a oscuras, la única luz que iluminaba la estancia era la que provenía de las estrellas que brillaban tenues en el exterior.

– ¿Dónde estabas?- fueron las palabras cortantes con las que el chico recibió al mayordomo.

– Preparando la cena, señor.

– He visto como hablabas con el enterrador en la puerta trasera. ¿Desde cuando te dedicas a holgazanear?

– Necesitaba tomar el aire.

– Necesitabas tomar el aire…- Ciel remedó al sirviente, haciendo mofa de sus palabras- No sabía que un demonio necesitase tomar el aire… ¿No estarás escondiéndome nada, verdad?

– ¿ Qué podría estar escondiendo, señor?- Sebastian respondió con otra pregunta, y Ciel prefirió dejarlo ahí. Realmente, prefería no saber lo que se ocultaba detrás de las ambigüedades del mayordomo.

– La cena estará lista en media hora, señor. ¿La tomará en el comedor o prefiere que la suba al estudio?

– En el estudio.

Sebastian hizo una leve inclinación y dio media vuelta dispuesto a volver a las cocinas, pero el chico lo detuvo:

–         Sebastian. Quédate.

 

Esas palabras bastaron para clavar a Sebastian sobre la alfombra de la habitación.

El chico se levantó de su asiento, emergiendo de entre las sombras hasta situarse delante del demonio.

-Bésame. – Fue la orden que salió de los labios de Ciel.

Pasaron unos segundos de absoluto silencio. Incluso el chico estuvo a punto de pensar que el demonio desobedecería su orden directa. Cerró los ojos, esperando tenso.

Hasta que sintió como los labios de Sebastian rozaban su mejilla en algo lejanamente parecido a lo que debía ser un beso.

–         En la boca. – Añadió Ciel. – Bésame en la boca.-

Su tono era bajo, un susurro tenso:

–         Quiero que me beses como se besan los amantes. Como mi padre besaba a mi madre.

 

Otro silencio tenso. Sebastian, rígido como una tabla no hizo ni el más mínimo movimiento, sus ojos clavados en la alfombra.

–         ¿Acaso no eres capaz de cumplir una orden tan sencilla como esta…?

–         ¿Puedo preguntar, señor, el motivo de su insistencia?

 

Otra respuesta ambigua a sus deseos.

 

 

–         Se acabó. Mi paciencia tiene un límite. Después de todo te estoy entregando mi alma a cambio y no toleraré más que absoluta obediencia.- murmuró Ciel- Quítate la ropa. Puedes quedarte con los guantes puestos.

 

Sebastian suspiró, mientras comenzaba a quitarse la ropa poco a poco, dejándola caer al suelo, a sus pies.

–         Contra la pared- ordenó el chico.

El mayordomo tomó posición en silencio, apoyando sus manos enguantadas sobre el papel pintado de una de las paredes del estudio, el resto de su cuerpo desnudo.

Por el rabillo del ojo vio como Ciel iba hacia un rincón y cogía una fusta. Sebastian reconoció inmediatamente aquel instrumento. Él mismo lo había usado cientos de veces al conducir alguno de los carruajes de la mansión.

 

–         Vamos a ver si tratándote igual que a una bestia hago desaparecer ese maldito orgullo que tienes metido en cada célula del cuerpo, demonio.

El primer golpe cayó sobre la espalda. Fuerte y seco, el dolor comenzó a aparecer segundos después de que se produjera el impacto.

Después de ese golpe vino otro.

Y otro.

Y otro.

Cada vez más intensos.

Sebastian llevó la cuenta de todos y cada uno. Al cabo de un rato la cifra llegó a ciento cincuenta. Calculaba que a esas alturas, incluso él, ya debía tener la espalda hecha un guiñapo sanguinoliento.

 

Más tarde, la fusta comenzó a impactar en sus nalgas. Se sorprendió. No lo esperaba. Pero no pronunció ni el menor sonido. Dejó que el chico siguiera descargando su rabia sobre él.

 

El dolor era distinto. Con cada golpe de fusta, Ciel lanzaba una frase hiriente. Todo su odio y su resentimiento dirigidos hacia él.

 

No le importaba.

Que siguiera.

 

Pero no estaba dispuesto a ceder. No estaba dispuesto a darle lo que buscaba. No podía. No estaba en su naturaleza. Le hubiera hecho sentir náuseas el solo  hecho de intentar “amar” al chico. Aunque fuera sangre de su sangre.

 

De pronto la fusta se detuvo, y se introdujo en medio de sus piernas, lentamente, primero hacia delante, luego hacia atrás, en un movimiento continuo e incesante.

Ciel guardaba silencio, concentrado en el vaivén de la fusta entre las piernas de Sebastian, absorto, como si la mano que la movía no fuera la suya.

 

Sebastian no se inmutó. Desde hacía un rato ya sabía que derrotero iba a tomar todo aquello.

 

Al cabo de un momento, el mayordomo sintió como Ciel posaba una de sus manos en su trasero desnudo, sopesándolo, acariciando sus nalgas lentamente, para después separarlas y colocar el mango de la fusta justo en la entrada, en aquel agujero estrecho de su cuerpo.

 

–         No te muevas- le susurró Ciel al oído.

 

Y no se movió. Aguantó sin moverse cuando el joven empujó la fusta hacia dentro con brutalidad, y permaneció quieto después, cuando el movimiento de penetración se hizo continuo y cada vez más rápido.

 

No había experimentado tanto dolor en mucho tiempo. Se encontraba débil, tenía hambre, no había comido desde hacia tanto…

No estaba preparado para aquella tortura.

 

Pero aún así… su miembro se había endurecido, y manchaba ligeramente la pared con su humedad.

 

–         De rodillas- ordenó Ciel, con voz ronca.

Sebastian obedeció y de esta forma quedó patente su erección. El chico dibujó una sonrisa sórdida.

–         Parece que eres como una de esas furcias del barrio de Whitechapel. Cuanto peor te tratan, más caliente…

 

El mayordomo no sabía de dónde había sacado su criatura aquellas vulgaridades, pero francamente, en aquel momento no le importaba lo más mínimo.

–         Si, bocchan, soy su furcia, su ramera…

–         Pues no malgastes saliva, úsala para otra cosa más útil que para hablar…

 

Diciendo esto, Ciel hurgó en su pantalón para sacar su sexo duro y húmedo, empujándolo directamente contra los labios de Sebastian, que abrió la boca  ávido y tragó entero el miembro de su amo.

El diablo chupó, lamió , acarició suavemente la punta con su lengua, hasta que al cabo de poco el semen de su perverso adolescente le salpicó la cara y el pelo.

 

Ciel se abrochó los botones del pantalón, y volvió lentamente y con paso torpe hasta el sillón donde había estado sentado, a oscuras, dejando a Sebastian en aquella vergonzosa posición en medio del estudio, arrodillado y desnudo , con su miembro aún duro y erguido en su entrepierna; únicamente sus guantes cubriéndole las manos.

Ciel le dedicó una última mirada.

–         Todavía no te has corrido… te doy permiso para que te alivies con la mano. Cuando hayas acabado puedes irte… pero límpiate la cara antes de salir.

–         Si, señor.

 

Ciel permaneció en silencio, observando como su mayordomo se acariciaba, arrodillado en medio de la habitación.

Cuando hubo terminado, Sebastian volvió a vestirse y se retiró, no sin antes asegurar a su amo que volvería de inmediato a limpiar la mancha que acababa de dejar sobre la alfombra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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~ por elphias1700 en octubre 30, 2009.

Una respuesta to “En el baño V”

  1. ami me gusto mucho como has escrito el fic, muchas felicidades, tus articulos son muy interesnates, muchas felicidades
    Mireya

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