En el baño IV

Título: En el baño

Pairing: Sebastian/ Ciel

Calificación: No recomendado para menores de 18, por contener escenas de sexo explícito.

Este fic está colgado también en fanfiction.net , este es el enlace:

http://www.fanfiction.net/s/4835403/1/En_el_bano

El día estaba siendo caluroso. Demasiado para el gusto de Ciel, que había ordenado crear una pequeña oficina improvisada en ese rincón de sus jardines que tanto le gustaba, bajo la única y frondosa palmera se erguía en los terrenos de la familia Phantomhive: la única palmera que había resistido el duro clima invernal británico, rodeada de los robles y los castaños que constituían la normalidad de los extensos terrenos de la mansión.

Ciel disfrutaba de aquellos momentos de paz, concentrado en ciertos documentos que absorbían plenamente su atención y que eran un paréntesis en lo que se refería a su verdadero dolor de cabeza: su mayordomo.

Transcurrido un buen rato, el chico se encontró firmando y archivando la última factura del día, y acto seguido quedó mirando sus manos pálidas apoyadas sobre la madera oscura de la mesa. Cualquier cosa era buena para retrasar el momento de vérselas con el sirviente de sus pesadillas. Así que cuando escuchó el ruido de unos pasos sobre las piedrecillas del camino, decidió encaramarse a un árbol cercano para evitar ser visto, y por tanto ser congruente con su decisión, que había tomado días antes, de establecer el mínimo contacto posible con el demonio, y así reducir drásticamente las posibilidades de ser herido de nuevo. De ser descubierto y expuesto por aquellos ojos oscuros incapaces de la más mínima compasión.

Y así habían transcurrido los días, Ciel convertido en una sombra muda, esquiva y rencorosa, que transmitía sus órdenes a través de Tanaka, y que sólo se dirigía directamente al mayordomo en caso de perentoria necesidad.

Por supuesto, Sebastian tenía vedado el acceso a su dormitorio, y ahora Ciel se las arreglaba para bañarse y vestirse sólo, disponiendo del anciano Tanaka para dar el visto bueno final a su indumentaria. Curiosamente, todo ello le hacía sentirse mejor consigo mismo, ya que así tenía la sensación de estar rompiendo un poco la enfermiza dependencia que había mantenido con el demonio. Sin embargo, el antiguo mayordomo tenía sus limitaciones, y Sebastian seguía encargándose de cumplir ciertas tareas rutinarias, incluida la de alimentar a su joven señor.

-Bocchan- Sebastian había aparecido por fin en el camino de gravilla para depositar la bandeja con un tentempié sobre la mesa.- Su merienda. Hoy he preparado helado de chocolate acompañado por un te frío de menta.

Su voz resonaba suave e inalterable mientras , inclinado sobre la mesa, disponía los cubiertos y la servilleta, esperando a que el joven se decidiera a aparecer.

-Bocchan- prosiguió el mayordomo ante la ausencia de respuesta- Si no viene inmediatamente, el helado se derretirá y su merienda se echará a perder.

Nadie lo hubiera notado. Nadie hubiera percibido la contrariedad y la ira bajo el tono suave y monótono, imperturbable, con que Sebastian pronunció aquellas palabras. Nadie excepto Ciel, que había pasado horas, días, años observando muy de cerca aquella cara perfecta y aparentemente tan inexpresiva. Pero sólo aparentemente.

El chico lo supo con certeza. Sebastian estaba contrariado, y molesto. Todo un descubrimiento, tratándose de un ser que no se inmutaba por nada, que estaba más allá de las emociones humanas. Qué sorpresa– pensó Ciel– parece que no has encajado muy bien el hecho de no poder jugar más a tu juego preferido: representar el papel de sirviente perfecto. Y seguramente sabes que un movimiento equivocado te ha conducido a esta situación” tan aburrida y desagradable”.

Sebastian había cruzado la línea, y el pequeño humano no había podido soportar su juego de demonio, despiadado, duro y cruel. Lo único que se le escapaba a Ciel era por qué había cruzado esa línea. El joven, encaramado al árbol, nadaba en un mar de preguntas, prolongando el silencio, al resguardo de las miradas del mayordomo, que permanecía junto a la mesa, apilando en ordenados montones los papeles que había dejado Ciel.

-Sebastian.- pronunció al fin el chico- ayúdame a bajar.

Lo había decidido. En aquellos pocos instantes había creado su propio protocolo de actuación frente el demonio. Debía averiguar. Y para ello tenía que experimentar y dejarse llevar poraquella cosa, pero con los ojos bien abiertos. Y eso es lo que iba a hacer.

Arriesgarse.

Sebastian alzó la mirada para localizarlo. La sorpresa pintada en sus ojos. Después, la sonrisa de satisfacción: su pequeño humano le había concedido una tregua. Así que el demonio volvió a camuflarse en su papel de sirviente con sumo placer.

-Bocchan- pronunció con dulzura, como quien llama a un gato asustadizo.- Aquí hay un saliente en la corteza donde puede apoyar el pie y… si , muy bien- continuó Sebastian, extendiendo sus brazos invitadores al pie del árbol- no tenga miedo, estoy aquí.

No tenga miedo, estoy aquí.

Esas palabras bailaron unos instantes en la mente de Ciel, mientras bajaba de las ramas para aterrizar en la acogedora trampa de su abrazo. Lo supo en cuanto el mayordomo atrapó su cuerpo en su cálida presa, para después arrodillarse en el suelo, con el chico a horcajadas sobre su regazo. Su voz interior le susurró que aquel juego le venía grande. Aquel juego hecho por y para el demonio, donde Ciel no era más que el juguete. Aún así, el joven estaba decidido a averiguar el por qué de aquello. Aunque supiera con certeza que llevaba todas las de perder cuando los ojos y las manos enguantadas de Sebastian se posaron en su cara y en su cuerpo, inspeccionándolo detenidamente.

Parece que no tiene más que unos cuantos rasguños, pero… no le parece que ha adoptado un comportamiento bastante infantil, bocchan? Dentro de poco cumplirá dieciséis años, y creo que es bastante inadecuado jugar al escondite a estas alturas.

No te hagas el loco.- contestó Ciel.- Toda situación la has provocado tú. Y lo sabes…

Aún así- le interrumpió Sebastian- reitero que su proceder ha sido, y está siendo, totalmente impropio de usted. Tan inmaduro…. Se ha enfrentado a asesinos y mafiosos y sin embargo se esconde de mí, que sólo soy su mayordomo…

Por favor. No me hagas reir.- una sonrisa insolente y despreciativa asomó en los labios del adolescente.- ¿intentas seguir fingiendo? ¿Sigues jugando a ser el mayordomo perfecto después de todo lo que me hiciste? No sabía que tirarse al señor entrara dentro de la lista de tareas diarias del perfecto sirviente.

Bocchan, por favor. Modere su lenguaje. No es en absoluto …

¿Apropiado? Pero supongo que la situación si te pareció muy apropiada la última vez que me tuviste debajo,¿ verdad? ¿Disfrutaste?

La última pregunta fue lanzada con todo el rencor que Ciel sentía en aquellos momentos.

Mucho,- la taimada respuesta de Sebastian no se hizo esperar- en realidad…tanto como usted.

Aquella contestación, susurrada a un palmo del rostro de Ciel, hizo que este se tambaleara por dentro como una marioneta a la que le tiran de los hilos. Y el marionetista era Sebastian. El demonio movía los hilos a su antojo, y el joven respondía a cada estímulo sin poder evitarlo. Sebastian tiraba de un hilo, y Ciel lloraba, tiraba de otro, y Ciel sentía alivio, pena, angustia ,odio, placer, dolor…

-Estas… enfermo. – murmuró Ciel al fin, atrapado en el abrazo del mayordomo.

Sebastian sonrió inclinando levemente la cabeza hacia un lado. Ciel vio en su mirada una mezcla aterradora de curiosidad, diversión, sorpresa y crueldad. Al final la sonrisa se hizo más amplia, mas dura:

No, en absoluto. Se trata de mi naturaleza, bocchan. No olvide qué soy yo. Sin embargo, yo diría que el único enfermo que hay aquí – una leve risa resonó en su garganta al pronunciar la palabra- … es usted. Bocchan.

Ciel no estaba preparado para ese disparo a bocajarro. De pronto fue consciente de todo. Dolorosamente consciente de estar sentado a horcajadas en el regazo de su mayordomo, de llevar no sabía cuanto tiempo en aquella posición. De haber permitido aquel juego sin oponer una resistencia real. De no haber pronunciado las palabras necesarias para detener los avances de aquel lobo con piel de cordero. De haberse mentido a sí mismo desde aquel primer día en el baño.

Sí. Él era el único enfermo.

-Veo que ya lo ha comprendido, bocchan. – las palabras de Sebastian lo devolvieron a la realidad- Estoy atado a usted por un contrato: una palabra suya hubiera bastado para detenerme.

Pero no me detuvoPor lo menos no a tiempo.

Aquellas palabras no pronunciadas flotaron entre ellos. Ciel apartó la mirada, cubierto de vergüenza.

Hasta que sintió como las manos enguantadas abandonaban su cuerpo para desabotonar el chaleco, y luego la camisa del propio mayordomo. Ciel levantó la vista para descubrir el trozo de piel que la camisa abierta de Sebastian dejaba al descubierto. No entendía. ¿Se trataba de un ofrecimiento?¿ De un intento de hacer las paces?

Invirtamos el orden de los factores. Verá como ese hecho no altera el producto.- susurró el mayordomo.

Ciel comprendió. Sebastian pretendía demostrarle de forma palmaria que el monstruo habitaba en su pequeño cuerpo, en su mente torcida, ofreciéndole la iniciativa en aquella partida. Le estaba ofreciendo arriesgarse o abandonar el juego en aquel instante. Le estaba ofreciendo la prueba de que la perversión y el deseo de lo prohibido habitaban dentro de Ciel, y Sebastian sólo era el flautista del cuento, que llamaba a la fiera con su música. Así que Ciel no pudo más que deslizar lentamente la tela blanca hasta que cayó de los hombros de Sebastian, y no pudo dejar de notar como se le aceleraba el pulso al contemplar aquel cuerpo…perfecto. La piel de un blanco marmóreo, casi translúcida en algunos puntos, descansaba sobre unos músculos suavemente definidos, dejando entrever los senderos azulados que trazaban las venas aquí y allá. La mirada del chico ascendió lentamente del torso al rostro de Sebastian, para encontrar sus ojos clavados en él, la boca entreabierta en una leve sonrisa invitadora.

Ciel se inclinó lentamente hasta rozar la piel del cuello con sus labios primero, y después con su lengua, trazando un sendero descendente, impregnándose del particular olor del demonio. Ciel se sorprendió de la calidez de aquel cuerpo. Casi había esperado encontrarlo frío como el mármol. Qué irracionalidad. ¿No había probado ya el cuerpo del mayordomo hacía tan solo unos días? Sin embargo, aquella experiencia le resultaba totalmente nueva. En esta ocasión podría explorar a su antojo a un Sebastian pasivo y dócil.

Cuando llegó al pecho se detuvo.

Late.

Fue la única palabra que cruzó la mente de Ciel al percibir el palpitar del músculo en el pecho de Sebastian. Junto con el leve subir y bajar que acompañaba a la respiración ,rítmica y pausada.

Aquello fue toda una sorpresa para Ciel.

No me imaginaba que fueras una imitación tan perfecta del ser humano.- observó el joven quedamente.

Como única respuesta, el mayordomo se tumbó totalmente sobre la hierba, para que el chico pudiera acomodar mejor la cabeza sobre su pecho.

Ciel permaneció en aquella posición , cerrando los ojos, concentrado en el ritmo de aquel corazón vacío.

Las manos de Sebastian se entrelazaron con delicadeza en el pelo del chico, mientras mil pensamientos contradictorios brillaban como fogonazos en la mente de este.

Lo quería. Quería a aquella cosa. Sentía que si por alguna causa alguien arrancara a Sebastian de su vida, moriría de pena o locura. Lo quería por la fuerza de la necesidad, como un náufrago querría al trozo de madera al que se aferra para no ahogarse. Sentimiento extraño, no nacido de la afinidad que surge entre dos seres, si no por la fuerza de la situación, que empuja al más débil a abrazar a su protector, a su verdugo , para que este muestre clemencia. Todo ello disfrazado de amor por los oscuros engranajes de la retorcida mente del muchacho.

Ciel lo sabía. Sabía que ese complejo mecanismo de protección era casi tan falso como las caricias de Sebastian.

Y sin embargo, para Ciel, aquel espejismo emocional era la verdad en la que flotaba. Y le resultaba tan difícil mirar más allá de él para contemplar la realidad…

Así que siguió inmerso en aquella pantomima de caricias vacías que fingían afecto, continuando con la exploración del cuerpo de Sebastian, esta vez deslizando su mano hasta el notorio bulto de sus pantalones. Cuando alcanzó ese punto, el ritmo de los latidos del corazón del mayordomo se incrementó considerablemente. Ciel continuó descendiendo con la húmeda caricia de su lengua hasta llegar al límite que marcaban los pantalones en las caderas del demonio. Hizo una pausa para desabrochar los botones y así descubrir el miembro de Sebastian, que emitió un ronco gemido de placer cuando la lengua de su amo le rozó. Una. Dos veces. Las caricias experimentales prosiguieron hasta que Ciel se sintió lo suficientemente familiarizado con aquella parte de la anatomía del demonio como para rodearla con sus labios.

Y le gustó. Notó como su propio miembro tensaba la tela de sus pantalones a la par que una mano se posaba sobre su cabeza, ejerciendo una leve presión , invitándolo a que introdujera en su boca todo lo que pudiera. Después comenzó a chupar con movimientos rítmicos prolongando la felación todo lo que pudo. Hasta que comenzó a dolerle el cuello por lo incómodo de su postura.

-Acarícieme con la mano mientras … me come – dijo Sebastian.- Así le resultará más fácil. Si, así, …con suavidad, mmm.

Ciel levantó la vista, y contempló la expresión del sirviente, una mezcla de fascinación y deseo, ojos que lo observaban con inmensa atención. Sus labios entreabiertos habían olvidado dibujar la sempiterna sonrisa.

Finalmente, Sebastian se derramó en la boca del joven, arqueando suavemente la espalda, manchando sus guantes de verde al arrancar unas briznas de hierba.

Ciel se arrodilló junto al mayordomo y escupió el líquido blanquecino. No le gustaba demasiado aquel sabor desconocido. Después observó de nuevo al demonio para descubrir su mirada perdida y brillante; y entonces lo supo. La revelación que había esperado conseguir se presentó ante él: Sebastian estaba caminando por el borde de su propia navaja, estaba recorriendo su propio sendero prohibido quebrantando cuales quiera que fueran las leyes que regían a los de su clase. Pero… ¿qué camino estaba siguiendo? ¿Hacia dónde iba? No acababa de entender todo aquello.

Ciel siguió observando a Sebastian , que en ese momento había cerrado los ojos. Se acercó más y más… hasta que su boca estuvo a escasos centímetros de la del mayordomo. Otra vez la tentación. Cómo quería morder aquella manzana de carne suave y perfecta. El joven se imaginó besando, mordiendo aquellos labios…

Y estuvo a punto.

Pero de pronto los ojos del mayordomo se abrieron para dar paso a una mirada heladora que congeló el movimiento de aproximación de Ciel.

Si el chico no estuviera tan seguro de ser quien era, y del contrato que le vinculaba con el demonio, hubiera sentido pánico por su propia integridad. Juraría que en ese instante, el impulso más profundo de Sebastian hubiera sido arrancarle la cabeza del cuerpo.

-Bocchan.- La voz del mayordomo sonó monótona e inalterada- Es tarde. Debería ir a preparar la cena. Si me permite…- Acompañó sus palabras con un ligero movimiento de incorporación.

Ciel vio como Sebastian se alejaba por el sendero de gravilla por el que llegó, llevando consigo la bandeja con la merienda que el chico no había tocado. Nada en sus movimientos haría sospechar que su amo había probado los límites de su paciencia.

Cuando la figura del mayordomo hubo desaparecido, Ciel se dio cuenta de que estaba aterrado. En su soledad, se permitió caer de rodillas y gritar, para luego levantarse y comenzar a golpear el frágil mobiliario improvisado en el que había estado trabajando. A base de patadas destrozó la silla, hundió la mesa y al final, sólo quedó él, sentado en el suelo entre una nube de papeles sucios y desordenados.

El silencio se hizo en su mente. En su alma. Y se sintió completamente vacío. Muerto.

En ese momento estuvo seguro de ser tan solo una cáscara hueca con forma humana.

De pronto rompió a reir.

A este paso, cuando vengas a devorar mi alma, monstruo, no va a quedar ni un pedazo de ella. Porque seré solo eso. Una cáscara vacía. Y te sabré a poco…

El sol iba bajando en el horizonte mientras Ciel recorría el camino de vuelta a la mansión. A pesar de todo, estaba decidido a seguir el hilo de Ariadna que llevaba a la verdad. Aunque fuera a ciegas, sólo guiado por sus propias y débiles intuiciones. Porque al fin y al cabo, el vínculo que lo unía al demonio le permitía sentir que algo se movía en el fondo, aunque la superficie permaneciera impasible. Y lo averiguaría aún a riesgo de ahogarse en el intento. Aún a riesgo de encontrarse de nuevo con aquella mirada cruel y despiadada. O con algo infinitamente peor.

N. de la A: Para aquellos/as que queréis ver a Ciel contraatacar, don´t worry, en el próximo capi lo hará a base de bien. Je,jejjeje!!!

Anuncios

~ por elphias1700 en octubre 30, 2009.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: